Tarragona, la antigua Tarraco romana, conserva un legado histórico que se descubre fácilmente en un solo día. La ciudad combina vestigios arqueológicos únicos con un ambiente mediterráneo, donde la historia convive con la vida cotidiana.
El recorrido puede empezar junto al Anfiteatro Romano, uno de los símbolos más conocidos de la ciudad. Construido en el siglo II frente al mar, todavía conserva buena parte de su graderío y el espacio central donde se celebraban los juegos. Desde las gradas, la vista del Mediterráneo deja claro por qué Tarraco fue una de las ciudades más importantes del Imperio Romano en Hispania.


A pocos minutos, al subir hacia la Part Alta, aparecen los restos del Circo Romano, integrados entre los edificios actuales. Pasear por los pasillos subterráneos o asomarse desde la Torre del Pretorio permite hacerse una idea de la magnitud que tuvo el conjunto. Muy cerca, las murallas ofrecen un agradable paseo entre piedra y vegetación, con paneles informativos que ayudan a entender cómo se organizaba la ciudad romana.



La huella de Roma en Tarragona se puede sentir en cada paso ya que se conservan elementos de aquel tiempo en cada rincón transportándonos por un momento desde el Siglo XXI a aquella época tantas veces recreada en libros, películas y series.





En lo alto del casco antiguo se encuentra la Catedral de Santa Tecla, construida sobre el antiguo templo de Júpiter. Su fachada gótica y su amplio claustro merecen una visita, y las vistas desde el entorno son una buena oportunidad para hacer una pausa.



Al salir, las calles cercanas como la Carrer Major o la Plaça del Fòrum mantienen la estructura del antiguo foro provincial, hoy llenas de terrazas y pequeños comercios.


Siguiendo el descenso hacia la Plaça de la Font, el ambiente se vuelve más animado. La plaza ocupa lo que fue parte del circo y es uno de los principales puntos de encuentro de la ciudad. Desde allí, la Rambla Nova conduce hasta el Balcón del Mediterráneo, un mirador desde el que se puede ver la costa y el puerto.

Al final del día, vale la pena acercarse al barrio marinero del Serrallo, donde los barcos pesqueros regresan al puerto y los restaurantes ofrecen marisco fresco y arroces frente al agua. Es un cierre perfecto para un día en el que la antigua Tarraco conserva su historia sin dejar de ser una ciudad viva, abierta y bañada por la luz del mar.
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