Rumanía es uno de los destinos más interesantes de Europa del Este para quienes buscan una mezcla de historia, arquitectura y naturaleza. El viaje permite descubrir dos ambientes completamente distintos dentro del mismo país. Por un lado, la energía urbana de Bucarest y la atmósfera medieval de Transilvania, una región marcada por la leyenda de Drácula y por algunos de los paisajes más conocidos del país.
La ruta por el país rumano comienza en Bucarest, una ciudad que probablemente no entra en las listas habituales de capitales europeas imprescindibles pero que precisamente por eso consigue sorprender más. La capital de Rumanía combina grandes avenidas, edificios monumentales y una arquitectura muy marcada por distintas etapas históricas. La ciudad mezcla construcciones de inspiración francesa, edificios de la época comunista y zonas modernas que reflejan el crecimiento reciente de la capital.
Uno de los principales símbolos de la ciudad es el Palacio del Parlamento, considerado uno de los edificios administrativos más grandes del mundo. Construido durante el régimen de Nicolae Ceaușescu, representa una de las imágenes más reconocibles del periodo comunista en Rumanía. Más allá de sus monumentos, Bucarest destaca por el contraste entre diferentes barrios y estilos arquitectónicos. En pocas calles es posible pasar de zonas elegantes y restauradas a áreas más deterioradas que todavía conservan parte de la estética soviética.

El casco antiguo es probablemente la zona más animada. Restaurantes, cafeterías y terrazas llenas prácticamente a cualquier hora. Por eso, merece la pena dedicar tiempo a recorrerlo despacio, especialmente por la noche, cuando la iluminación cambia la imagen de la ciudad por completo.
También sorprende la cantidad de parques y zonas verdes como el parque Herăstrău. Además, edificios tan característicos como el Ateneo Rumano se encuentran rodeados por zonas ajardinadas y amplias plazas que aportan una imagen muy distinta a la de otras capitales europeas. Entre los rincones más curiosos de la ciudad también se encuentra la conocida calle de los paraguas, una de las zonas más fotografiadas del centro histórico junto a plazas y calles peatonales llenas de cafeterías y edificios históricos.


Bucarest también destaca por sus numerosas iglesias ortodoxas, presentes prácticamente en todos los barrios y muy ligadas a la identidad cultural y religiosa del país. Rumanía está considerada uno de los países más religiosos de Europa, algo que se percibe claramente tanto en la arquitectura como en la vida cotidiana.



Además, la capital rumana cuenta con algunos de los edificios históricos más importantes de Rumanía. Entre ellos destaca el Palacio CEC, uno de los ejemplos más reconocibles de la arquitectura neoclásica de la ciudad, situado junto al casco antiguo y muy cerca del Museo Nacional de Historia.


Otro de los lugares más visitados de la ciudad y del centro de esta es la librería Cărturești Carusel, considerada una de las librerías más bonitas de Europa gracias a su peculiar interior de estilo neobarroco y sus varias plantas abiertas alrededor de una gran galería central.


La ciudad también conserva numerosas plazas monumentales como Piața Revoluției, vinculada a algunos de los acontecimientos más importantes de la historia reciente del país, especialmente durante la caída del régimen comunista en 1989. Además, Bucarest mantiene una mezcla constante entre edificios históricos, arquitectura soviética y nuevas zonas modernas que reflejan la evolución de la capital durante las últimas décadas.


La gastronomía rumana también forma parte importante de la experiencia. Entre los platos más conocidos destacan las sarmale, hojas de col rellenas de carne y arroz, la ciorbă, una sopa agria muy popular en todo el país, y los mici, pequeñas salchichas especiadas cocinadas a la parrilla. También son habituales los guisos, las carnes asadas y las panaderías tradicionales, presentes tanto en Bucarest como en las ciudades de Transilvania. La comida ocupa un papel importante dentro de la cultura local y mantiene recetas muy ligadas a la tradición rumana.
Bucarest transmite la sensación de ser una ciudad imperfecta, pero precisamente ahí está gran parte de su encanto. Tiene zonas modernas, otras algo caóticas y rincones que parecen detenidos en otra época. Tras conocer la capital, merece la pena seguir descubriendo algunas regiones del país como Transilvania, conocida por la leyenda del Conde Drácula, uno de los principales atractivos turísticos de Rumanía.

La historia que rodea a Vlad Tepes, el personaje histórico que inspiró el mito, y la manera en la que Rumanía ha convertido esa figura en parte de su identidad se puede comprobar en la afluencia diaria que recibe esta zona de turistas venidos de todo el mundo en busca del vampiro más famoso.
La atmósfera de Transilvania está muy ligada a la imagen popular creada alrededor de Drácula. Los paisajes montañosos, los bosques y los castillos medievales ayudan a entender por qué esta región terminó asociándose a la novela de Bram Stoker. El viaje hacia Transilvania permite descubrir una de las regiones más conocidas de Rumanía. El paisaje cambia rápidamente y aparecen montañas, bosques y pequeños pueblos medievales rodeados por los Cárpatos al mismo tiempo que baja la temperatura notablemente.
Todo gira alrededor del famoso conde, desde los propios castillos hasta las tiendas o los restaurantes ya que, las referencias constantes al vampiro más famoso de la literatura aparecen prácticamente en cualquier lugar. Actualmente, gran parte del turismo de la región se debe a esta temática, especialmente en torno a castillos y rutas relacionadas con la leyenda. Algo que se va a ampliar significativamente en unos meses cuando se inaugure el primer parque de atracciones basado en Drácula.
En el corazón de Transilvania se encuentra, Brasov. Esta es, sin duda, una de las ciudades más interesantes del país. Se encuentra rodeada de montañas y cuenta con un centro histórico lleno de encanto que conserva el equilibrio perfecto entre ciudad turística y lugar con vida propia. Pasear por sus calles adoquinadas, entrar en pequeñas cafeterías o simplemente sentarse en la plaza principal ya merece la visita.



Desde allí es fácil realizar varias excursiones por la zona. El famoso castillo de Bran probablemente sea el más conocido de toda Rumanía. Su ubicación entre montañas y bosques lo convierte en uno de los lugares más visitados del país y en uno de los rincones con más encanto de la zona.



A pocos kilómetros, es Sinaia se encuentra el castillo de Peleș. Un complejo impresionante rodeado por un entorno natural que guarda parte de la historia más reciente del país. Si por fuera impresiona, por dentro lo hace aún más. Todo lo que conforma la que fue residencia de la realeza rumana hace que parezca más un palacio de cuento que una residencia real.

El encanto de esta zona se encuentra a cada paso ya que recorrer este viaje de un castillo a otro permite encontrarse con paisajes muy diferentes a los que estamos acostumbrados atravesando pueblos pequeños y pudiendo ver iglesias fortificadas, campos enormes y casas tradicionales que permiten llevarse una imagen muy distinta de la Rumanía urbana.
En muchos pueblos todavía se mantienen tradiciones rurales muy visibles, algo que contrasta con las zonas más urbanas del país. La presencia constante de los Cárpatos convierte la región en uno de los mejores destinos naturales del país, especialmente para quienes buscan rutas panorámicas, senderismo o recorridos por pequeñas localidades tradicionales.
Rumanía termina convirtiéndose en uno de esos destinos fáciles de recomendar ya que, no intenta impresionar sino que, simplemente, ofrece su propia historia, paisajes, ciudades con personalidad y una cultura que todavía conserva bastante autenticidad.



Bucarest y Transilvania parecen dos mundos distintos dentro del mismo país, y probablemente esa sea una de las razones por las que este viaje se complementa tan bien. Por un lado, una capital llena de contrastes. Por otro, una región donde predominan la naturaleza y las historias que mezclan realidad y leyenda.
Quizá esa sea la mejor conclusión del viaje, la sensación constante de estar en un lugar que todavía conserva su identidad propia, incluso en un momento en el que muchas ciudades europeas empiezan a parecerse demasiado entre sí.
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