La capital de Bulgaria es una de esas ciudades que sorprenden por la cantidad de historia que esconden sus calles. Sofía combina vestigios de la antigua civilización romana, iglesias ortodoxas, edificios monumentales y amplias avenidas que recuerdan las distintas etapas por las que ha pasado el país. Una mezcla de culturas y estilos que convierte cualquier paseo por su centro en un recorrido por buena parte de la historia búlgara.
Con más de siete mil años de historia, Sofía ha sido hogar de diferentes civilizaciones. Antes de recibir su nombre actual, la ciudad fue conocida como Serdica durante la época romana, cuando se convirtió en un importante núcleo administrativo y comercial gracias a su posición estratégica. El emperador Constantino el Grande llegó a mostrar una especial predilección por ella y, según las fuentes históricas, llegó a referirse a Serdica como ‘mi Roma’.



Uno de los lugares más representativos de la capital es la catedral de Alejandro Nevski, probablemente la imagen más reconocible de Sofía. Sus grandes dimensiones y sus cúpulas doradas destacan sobre los edificios del entorno y hacen que resulte difícil pasar por alto este templo ortodoxo. Su construcción comenzó en 1904 como homenaje a los soldados rusos que participaron en la liberación de Bulgaria del dominio otomano, aunque no fue consagrado hasta 1924. El interior, decorado con mármoles, pinturas e iconos, mantiene la solemnidad característica de los grandes templos ortodoxos.


A pocos pasos se encuentra la basílica de Santa Sofía, otro de los edificios que explican el pasado de la capital. Construida en el siglo VI sobre los restos de templos anteriores, es uno de los principales testimonios de la antigua Serdica. Su nombre terminó dando lugar al de la propia ciudad, una circunstancia que refleja la importancia que ha tenido este templo a lo largo de los siglos.

El recorrido por el centro permite descubrir también la iglesia de San Jorge, una pequeña construcción circular de ladrillo rojo que contrasta con los edificios administrativos que la rodean. Se considera uno de los monumentos romanos mejor conservados de la ciudad y su origen se remonta al siglo IV. Su ubicación, prácticamente escondida entre construcciones posteriores, convierte su visita en uno de esos descubrimientos que demuestran hasta qué punto el pasado sigue presente en las calles de Sofía.


Los restos arqueológicos de la antigua Serdica, visibles en diferentes puntos del centro, completan este recorrido por las distintas etapas de la ciudad. A ellos se suman edificios como el antiguo Palacio Real, hoy sede de instituciones culturales, o el Teatro Nacional Iván Vazov, cuya elegante fachada se abre a uno de los jardines más agradables de la capital. Todo ello permite conocer una ciudad en la que conviven la herencia romana, la tradición ortodoxa y la arquitectura de los siglos XIX y XX.
Otra de las particularidades de Sofía es su relación con las aguas minerales. La capital búlgara se asienta sobre una zona con numerosos manantiales termales, conocidos y aprovechados desde la Antigüedad. Los romanos ya utilizaban estas aguas por sus propiedades y construyeron instalaciones de baños públicos en la antigua Serdica. Uno de los lugares más representativos es el entorno de los antiguos Baños Minerales Centrales, un edificio histórico de llamativa arquitectura que actualmente alberga el Museo de Historia de Sofía.

Pero conocer un destino también significa sentarse a la mesa y descubrir sus costumbres. La gastronomía búlgara tiene influencias balcánicas, mediterráneas y orientales, con protagonismo de las verduras, los productos lácteos, las carnes y las masas. Durante la visita a Sofía, una de las paradas para probar la cocina local fue Izbata Tavern, un restaurante de ambiente tradicional en el que degustar algunos platos habituales del país.
Entre ellos, la musaka, una receta contundente que en su versión búlgara suele prepararse con patata y carne picada, cubierta con una mezcla de huevo y yogur que se gratina en el horno. También hubo espacio para una ensalada griega, además de una tarta típica para terminar la comida. Todo ello acompañado de cerveza búlgara, una buena manera de acercarse a otra de las costumbres gastronómicas del país.



La cocina búlgara comparte ingredientes y preparaciones con otros países de los Balcanes, aunque mantiene sus propias especialidades. El yogur, el queso blanco tipo sirene, las verduras frescas y las elaboraciones de masa forman parte habitual de su recetario. Entre los platos más conocidos también se encuentran la shopska salata, una ensalada de tomate, pepino, pimiento y queso rallado, y el banitsa, un pastel de masa filo relleno generalmente de queso.
Sofía deja así una impresión que va más allá de sus monumentos. Es una capital con una historia milenaria, pero también una ciudad repleta de vida. Prueba de ello son sus muchas plazas, mercados, restaurantes y calles en las que todavía se reconocen las huellas de quienes la habitaron antes.

Un destino que merece la pena recorrer sin demasiadas prisas y al que acercarse tanto a través de su patrimonio como de su gastronomía. Además, muy cerca de Sofía se pueden visitar otras ciudades y lugares como el Monasterio de Rila. Declarado Patrimonio Mundial de la UNESCO, es el monasterio ortodoxo más grande e importante de Bulgaria, situado a unos 120 km al sur de Sofía, en las montañas de Rila (a 1.147 metros de altitud).
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